Memorias rotas

Entonces cruzamos miradas. De esas miradas que con antelación sólo compartían amor y calor…

Fue ayer en el parque, cuando ambos caminábamos en dirección opuesta, nos detuvimos, clavamos nuestros respectivos ojos uno en el otro, y entonces todo se tornó gris, y sin pensarlo, casi al mismo tiempo, los dos bajamos la cabeza y tú comenzaste a caminar. Tu hombro por poco rozaba con el mío. Yo no pude moverme. Cerré los ojos y los apreté fuertemente hasta que el triste líquido que todos conocemos inició su recorrido lenta y dolorosamente por mis mejillas. Mis manos estaban aún más fuertemente apretujadas formando un puño y quise hablarte, en verdad quise hacerlo, pero mi lengua se opuso y lo único que supe hacer… fue llorar.

No siempre fue así…

Todo comenzó hace cuatro años cuando recién ingresé a la universidad en la que tanto había deseado ser admitida. Siempre fui amante de la pintura y el arte en general. Un pincel y pedazos de papel era suficiente para mantener mi alma en paz. Así que, sin más rodeos, mis estudios eran enfocados a las bellas artes que enfrascan la pintura en distintas técnicas, así como dibujo, música y de vez en cuando fotografía y quizás escultura… Ahí fue donde te conocí. Un muchacho delgado, alto, piel casi dorada, de nariz grande y llamativa pero que jamás, de ninguna manera, entorpeció tu exquisita belleza. Aún me recuerdo corriendo por el pasillo central, rodeada de extensas áreas verdes decoradas y retocadas por el buen gusto de algún artista, y estabas ahí, sentado en una banca de concreto, con los ojos cerrados y sonriendo. No lo pude evitar, así que me detuve y te miré, sonreí también y proseguí mi camino.

El destino no se hizo esperar como yo lo había planeado en mi nuevo mundo, ahora llamado Universidad, me senté en una de las bancas ubicadas al centro del salón de clases, acomodé un poco mis cosas y respiré profundamente. Los alumnos comenzaron a ingresar al aula y de pronto mi respiración se detuvo repentinamente pues eras tú desfilando por la puerta, serio, y con los ojos prácticamente en blanco; y como bien mencioné la palabra destino, éste entró en acción y te sentaste a mi lado.

No pude evitar voltear a verte de manera discreta, era agradable cruzar mis ojos con todo tu rostro, tan bello, con facciones tan finas casi femeninas que provocaban un exalto extraño en todo el recorrido de mis nervios a través del cuerpo. Excepto esa nariz, tu nariz inconfundible que nunca pude evitar mencionar. Giraste tu cabeza, y sin decir nada sólo moviste los labios y formaste la palabra “hola”, me impacté y rápidamente volteé hacia la pizarra, reí un poco a causa de mi torpeza, regresé mi cabeza y contesté de la misma manera… Sólo moví mis labios y construí la palabra “hola” sin despedir sonido alguno que arruinara el momento que sin pedirlo, simplemente se edificó…

Continuará…

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